Henri Poincaré

Todo saber tiene de ciencia lo que tiene de matemática.

H. Poincaré.

 

Poincaré fue una figura fronteriza en la historia de las Matemáticas, puesto que se movió en un terreno que estaba a caballo entre las Matemáticas tradicionales y las modernas. Muy frecuentemente se le menciona como el último de los universalistas, lo que significa que abordaba con facilidad campos tan diversos como las ecuaciones diferenciales, la Teoría de Números, el Análisis Complejo, la Mecánica, la Astronomía y la Física matemática. Su genio creativo produjo también nuevas Matemáticas, entre las que se puede destacar su creación más notable, la Topología, con su estudio general sobre la continuidad.

Un niño precoz y torpe

Henri Poincaré nació el 29 de abril de 1854 en Nancy, Lorena, Francia. Fue hijo de padres muy jóvenes: Léon Poincaré tenía 26 años y su esposa Eugénie Launois 24 cuando tuvieron a Henri. A los cinco años contrajo la difteria, que se complicó con una parálisis laríngea. Le costó nueve meses superar la enfermedad, pero le dejó como secuela una falta de coordinación física y una vista defectuosa. Esta falta de habilidad manual le acarreó algunos problemas a lo largo de su vida y, fundamentalmente, le cerró las puertas a la experimentación de laboratorio, en donde sin duda se hubiera convertido en una destacada personalidad del mundo de física. A los ocho años ingresó en el Liceo de Nancy, que actualmente se llama Liceo Poincaré, donde pasó 11 años, tiempo más que suficiente para poner de manifiesto sus cualidades excepcionales para las Matemáticas.

No obstante, no se interesó especialmente por ellas hasta los 15 años, ya que, hasta entonces, las ciencias naturales atraían toda su atención. Sus profesores lo describieron como un “monstruo de las Matemáticas”. Sin embargo, estuvo a punto de suspender esta asignatura en el examen de grado. Llegó tarde y nervioso al examen y resolvió mal un problema muy sencillo, pero el tribunal, que conocía la fama que precedía a Poincaré, le aprobó el examen. Este no fue el único escollo con el que se encontró a la hora de superar pruebas. En el examen de ingreso en la escuela de ingenieros sacó un cero en dibujo y las reglas del centro decían explícitamente que un cero era eliminatorio, lo que puso en un aprieto a las autoridades académicas que se vieron obligadas a hacer una excepción. Pero aquí  no acaba la historia de la historia de la incompetencia institucional para calibrar a los genios. Siendo ya un célebre matemático, Poincaré se sometió al test de Binet, psicólogo francés que desarrolló los primeros test de inteligencia para escolares en 1905. El resultado no complació a nadie, ya que los resultados obtenidos evidenciaban que Poincaré era poco menos que un imbécil.

A pesar del apretado programa con el que tenía que cumplir en la escuela de ingenieros, a Poincaré todavía le quedaba tiempo para dedicarse a las Matemáticas y en 1878 presentó una tesis sobre ecuaciones diferenciales en la Facultad de Ciencias en París que le valió el título de doctor en Matemáticas. Abandonó la ingeniería y obtuvo su primer cargo académico en Caen, en 1879, como profesor de análisis matemático. A los 27 años obtuvo un puesto en París como encargado del curso de mecánica y física experimental. Excepto algunos viajes a congresos por Europa y unas conferencias en Estados Unidos con motivo de la exposición de St. Louis (1904), permaneció siempre en París como cabeza visible de la Matemática francesa (y en opinión de muchos, de la Matemática mundial) hasta su muerte, acaecida en 1912.

Un genio singular

Aparte de la enorme importancia de su obra matemática, Poincaré fue una personalidad sumamente interesante en lo que a la psicología de un científico se refiere. Fue el prototipo, casi el arquetipo, del sabio distraído, que constantemente estaba buscando las gafas que ya llevaba puestas, que se marchaba de los bares sin pagar y que se llevaba las toallas de los hoteles creyéndose que eran suyas. Su casa, en la rue Gay-Lussac era conocida como el “palomar”, ya que para llegar hasta ella había que subir hasta el terrado y luego tres tramos más de escaleras de madera. Siendo, como era, ambidiestro, sus alumnos decían de él que tenía la misma facilidad para escribir mal con la mano derecha que con la izquierda.

En sus tiempos de estudiante no tomó nunca apuntes en los cursos a los que asistió. Se sentaba en el fondo de la clase y se limitaba a escuchar (al parecer no distinguía muy bien la pizarra de la pared). Su extraordinaria memoria auditiva y una gran capacidad de representación mental le bastaban para asimilar todo lo que escuchaba. Fue un gran aficionado a la lectura. Su memoria visual también era prodigiosa, ya que, además de leer a gran velocidad, era capaz de recordar la página y el párrafo de un texto cualquiera de un libro que hubiera leído. Su mente era como un afilado cuchillo que de una estocada certera y rápida, se hundía en lo más profundo de una cuestión y surgía de nuevo, no sólo con el problema resuelto, sino con nuevas cuestiones abiertas. No cuidaba los detalles, sus obras tenían siempre algo de inacabado, y errores que otros se encargarían de pulir, algo de lo que Poincaré fue siempre muy consciente, pero es que, realmente, a penas tenía tiempo para hacerlo. Hay que tener en cuenta que entre libros y artículos, sus obras completas rondaron los 400 volúmenes.

Poincaré, cuando ya era una personalidad consagrada en el mundo de las Matemáticas, dedicó muchas horas de esfuerzo a la divulgación de los temas que él consideraba de carácter universal. Escribió numerosos ensayos que, en principio estaban dedicados a gente sin ningún tipo de preparación. Esta obra acabó siendo, para sorpresa de muchos, un auténtico éxito editorial, hasta el punto de que, además de ser traducidos a varios idiomas, le valió el honor de ser nombrado miembro de la Sección Literaria del Instituto.

Para todos los públicos
A caballo entre el final del bachillerato y el principio de carrera
Para matemáticos adictos a la cafeína.

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